lunes, noviembre 12

Seis formas golosas de disfrutar de Andalucía o séptima bitácora para los amigos


Sí, sí, ya sé. Pensará usted que eso de seis formas golosas es un tanto simplista para hablar del sur de España. Me dirá que es posible que seis maneras haya para disfrutar de una playa abarrotada de turistas a las 12 de un mediodía en el Caribe (y eso con mucho esfuerzo), o de la vista panorámica de la enigmática Bogotá desde la Calera (con muy poca imaginación) o, incluso, para saborear el chocolate en una noche de otoño frente a la Alhambra granadina (aunque tampoco es seguro que solo sean seis maneras posibles), pero usted insistirá en que para disfrutar de Andalucía las posibilidades son infinitas. Entonces, le propongo que entienda estas 6 formas, golosas eso sí seguro, como algunas de las múltiples aproximaciones posibles y también como propuesta –sobra decir que toda aproximación es una propuesta–, especialmente por lo que queda pendiente –estará de acuerdo conmigo en que siempre hay que dejar algo pendiente–, y ya me dirá luego si está o no de acuerdo.

I. Hacia Andalucía por la R4, a 130 Km/h promedio, con Silvio al fondo

Salga de Madrid a las 8:30 para entender ese adagio popular que pregona que ¡al que madruga Dios le ayuda! Ya verá cómo a pesar de ser el comienzo del puente de Todos los Santos no habrá congestión vehicular por la autopista que preside la Sierra Nevada (sin rastro de nieve por estos días). Incluso, con un poco de suerte, el sol se plantará frente a usted para recordarle que si no tiene cuidado puede quedarse ciego ante tanta belleza y luego le obligará a ponerse sus gafas oscuras para que no olvide que unas veces se va de paseo, otras de viaje, y que es usted quien lo decide. Además, es posible que si madruga el paisaje esté tan agradecido de que usted no haya salido a competir con los otros 999 mil coches que impedirán la contemplación de su hermosura, que le evite sentir que afuera hay 5 grados de temperatura.
Para ese momento, usted ya sabrá que un gran recuerdo ha comenzado a tejerse. Hay situaciones en las que todo conjuga tan perfectamente, como piezas de puzzle, que es difícil no reconocerlas en el mismo instante en que suceden como inolvidables, como seguramente ya alguna vez le habrá sucedido.
Eso sí, en lo posible salga por la autovía con un par de amigos que, preferiblemente, no hayan dormido bien la noche anterior: notará cómo la risita de la falta de sueño de sus compañeros de viaje lo irá contagiando sin remedio hasta llenarlo de una alegría parecida a la que siente un niño cuando viaja en carro hacia la costa. Incluso, procure que sus amigos tengan con usted una enorme empatía musical: congeniar en Aute, Silvio, Morente, e incluso Calamaro, le hará saber que ha salido con la gente adecuada; que sí, que es posible que sean ellos los que se parezcan a usted y no al contrario, aunque sea usted el que tenga 24 u 8 años menos, y entenderá por qué los desencuentros musicales pueden conducir a la ruptura de parejas, si es que no le ha pasado ya.

II. Córdoba con alergia al marisco y vino del Duero

No sé usted, pero yo, prefiero la carne sobre el pescado. Se me hace agua la boca con un filete de lomito poco hecho que se deshace como mantequilla entre los dientes y me dan casi ganas de llorar, de llorar de puro placer, cuando me acuerdo de un chuletón de buey apenas sellado sobre una piedra caliente (lo que probablemente tenga que ver con que soy demasiado latinoamericana y con que tuve la suerte de crecer entre terneros cebú, vacas holstein y toros brahma).
Pues bien, si usted tiene la suerte de ser alérgico al marisco (suerte, digo, porque no lo regañarán si en plena España comete la impertinencia de pedir entrecote) le recomiendo que no deje de visitar el restaurante El Churrasco en plena judería cordobesa. Si no la tiene –la suerte, quiero decir– llévese a una amiga que sí lo sea, ya verá como así tiene una excusa estupenda. Entonces, dedíquese a dejarse atender por los meseros del lugar (no los hay más amables en toda la Península) y a permitirle a un buen amigo conocedor de los placeres de Baco embarcarlo por los ríos de uva de Don Alejandro Fernández, el responsable de un Pesquera clásico de la Rivera del Duero, un Condado de Haza con fuerte sabor a madera y un Vínculo de Valdepeñas que deja ver su modernidad y su carácter aunque una temperatura más fría de lo recomendable intente esconder el valor de su fruta madura.
Eso sí, no vaya a El Churrasco con la mentalidad de ir solo una vez. En ese caso, se quedará con las ganas de repetir las berenjenas apanadas que parecen de hojaldre y el salmorejo inmejorable que quisiera poder describirle sin tener que decir que es una crema fría a base de pan viejo, dientes de ajo, tomate, huevos duros, aceite de oliva y jamón serrano. Sin embargo, como me cuesta hablar de este plato sin mencionar sus ingredientes, prefiero aconsejarle que intente probarlo cuanto antes porque dicho así seguro que no le apetece nada. Lo siento, pero créame cuando le digo que es insuperable. Ya intentaré improvisarlo cuando regrese a Colombia y vaya usted a saber si se cuenta entre los candidatos a disfrutar de este descubrimiento.

III. Caminando por la Judería entre gitanas y naranjos (o ruta de la Mezquita – Madina Al Zahara, con parada en Patio Andaluz)

No crea que se trata de cualquier patio andaluz, no, es El Patio Andaluz, un restaurantito con pozo en el medio y con vajilla de cerámica gruesa con motivo de diminuto damero blanco y azul en el que se cumple la indiscutible sentencia francesa que eleva a los altares el primer sorbo de cerveza y en donde se evidencia una vez más que los mejores restaurantes típicos son todos menos aquellos que pegan en la puerta menús adornados con baderitas y expuestos en más de tres idiomas.
Y perdóneme que siga hablando de comida pero es que Andalucía es todo un universo de sabores, aunque muchos no se lo terminen de creer. Por eso no tengo más remedio que decirle que no vaya a salir de ese patiecito encantador sin haber probado el ajoblanco hecho de ajo –sé que me perdonará la redundancia–, pan y almendras, y menos sin haberse comido una ración de morcilla encebollada de la que, por favor, no vaya a cometer la insolencia de pensar que se trata de cualquier morcilla colombiana. Como dirían por aquí, eso sería como comparar a Dios con un gitano.
Ahhh y hablando de gitanos... Debo hacerle en este punto del viaje (o del paseo, según haya usted elegido) una importantísima recomendación: aunque más de una vez haya coreado al Cigala con eso de “allí en el Guadalquivir... contigo me voy gitana aunque me cueste morir” intente no mirar siquiera a estas mujeres que, como palomas de plaza que quieren vengarse de los turistas por invadir su territorio, cortarán su paso impaciente hacia la Mezquita. No se confíe ni aunque vaya acompañado de un salmantino experimentado. Estas mujeres, a cambio de más que unas cuantas monedas, le dirán lo que usted ya sabe de sobra: que cuide mucho a su madre, que tiene suerte de tener un ángel que lo protege desde el cielo, que recuerda a veces a un viejo amor que lo engañó por esas calles y que su corazón a vuelto a latir con fuerza de nuevo. Si se deja, una gitana de estas puede arruinarle el paseo, y no solo por la plata, no, sino porque, como usted ya sabrá, las verdades más diáfanas, dichas de frente y de imprevisto, pueden ser las más desoladoras. Olvídelo, y siga hasta la mezquita. Una vez allí, adéntrese en su maravilloso bosque de columnas dispuestas en perfecta perspectiva, en el que si mira bien -entendiendo por bien poner los ojos allí donde no miran los turistas- es posible que tenga la suerte de encontrarse con el final del arco iris (y si usted ha oído hablar del tesoro que se esconde allí entenderá a qué me refiero).
Lo que sí le recomiendo es que antes de entrar a la mezquita más hermosa del mundo con premura de turista japonés (o paisa, barranquillero o español) se deje descrestar por la plaza que la precede y sus naranjos, que en Andalucía son más dignos que en cualquier otro sitio. Note que sus frutos todavía están verdes, igual que usted respecto a este lugar extraordinario, e intente ver cómo el sol se cuela por entre una palmera tan alta como la torre misma de la Catedral, precisamente para dignificar esos frutales. Y como seguro usted andará todavía pensando que lo maravilloso está mirando hacia arriba (tal vez lo haya despistado la torre y, una vez más, el cielo azul) lo invito a que deje desviar su mirada de vez en cuando hacia el suelo para que no se pierda de empedrados extraordinarios que ya quisiera uno para tapizar el patio de la casa o cerámicas con motivos tan nobles que deberían estar colgando de las paredes de un museo en lugar de estar ahí padeciendo por siglos los pisotones de los turistas.

IV. Andalucía vista con tres pares de ojos

Poder ver el árbol solitario que se muere de tedio ante la mediocridad de los visitantes en la laberíntica excavación de la Madina-Al Zahara (ciudad árabe que data del año 936 y cuyo nombre significa tierra de libertad) o lograr pillar a la luna que por llena hace la siesta detrás de una palmera a las 2 de la tarde (luna española, al fin y al cabo), requiere más que un ojo entrenado. Dicen que dos cabezas piensan más que una y supongo que el dicho puede extenderse a que seis ojos ven más que dos. Entonces, mi recomendación es que vaya hasta allí (la Madina está a 8kms de Córdoba) con buena compañía. De esta manera, si a usted se le escapa el árbol triste, tendrá quién le haga detenerse para contemplarlo, no se atragantará solo con el mal humor que produce una restauración inconcebible que convierte la historia en parque temático y, además, tendrá el placer de compartir la suerte de ver a través de vanos que parecen cerraduras (¿los harían de esta forma los árabes con la intención de decirle a Occidente que nunca habrá llaves tan grandes para lograr abrir sus puertas?)
Una vez más, le aseguro que la gracia está en viajar (o pasear... a esta altura usted ya debe haber elegido) con la compañía adecuada y por eso aquí le doy un truco ineludible para comprobarlo: si estando juntos el silencio se prolonga por más de 5 minutos sin tornarse incómodo, si ellos se conmueven como usted ante jardines verdes que no necesitan de flores para atestiguar su belleza, se maravillan con la tierra rojiza en la que se extienden valles de olivos circundando la autovía (y que no son precisamente color verde oliva), y si gozan de un intenso olor a aceite que se cuela por las ventanas a velocidad de crucero, sabrá que sus compañeros han pasado la prueba (aunque a esas alturas ya sería demasiado tarde para revertir lo contrario).
Sin embargo, no me malentienda: No todo ha de verlo en compañía, aunque sí siempre huyendo de las masas del fin de semana. Usted se parece tanto a ellos, (sí, turistas, no le de miedo decirlo) que si no procura estar lo suficientemente alejado terminará por volver a contagiarse con el virus de la fotografitis (enfermedad que consigue confundir recuerdos con megabites; sufijo itis por lo de la inflamación o aumento indiscriminado de las fotografías; ...¿Y si se luego se le pierde la camarita?).
Procure estar solo también para entender (y lagrimear si le apetece, sin tener que dar explicaciones) que las ciudades blancas de casitas de yeso y palmeras de cartón que fabrican en Medellín para navidad (sí, las del pesebre de su Torregón o su Monserrate) no son producto de la imaginación de un profesor del Museo El Castillo sino que son tan reales como su recuerdo. Sobre todo, es indispensable que esté solo si pretende adentrarse en la Plaza del Cristo de los Faroles, ya que es probable que se irrite ante la posibilidad de estar pasando ante lo extraordinario sin darse cuenta. Deténgase y tómese su tiempo. Piénselo, déle vueltas, cuestione durante un buen rato su concepción estética y pregúntese si a lo mejor no ve la maravilla por la determinada luz de esa mañana, o por la distracción que le generan las veladoras derretidas que rodean el Cristo, o si es el cristo mismo el que no le cuadra, o los faroles, incluso si no está mirando el pasadizo desde el ángulo preciso… Y si llega a la conclusión de que sencillamente no lo es, que no, que no es posible que esa sea la plaza más bonita del mundo, recuerde que ya tendrá oportunidad para volver a mirarla. No olvide que todo depende del tiempo, de la disposición y de la circunstancia, ni tampoco eso de que "al arte se llega a través de experiencias previas". A lo mejor con esa plaza le pase luego lo que a menudo sucede con ciertos libros que se abandonan en un primer intento de lectura y que luego se tornan extraordinarios al retomarlos después de pasado cierto tiempo.

V. Desde Andalucía, pensando en Madrid

Es posible que a estas alturas usted ya esté sintiendo la nostalgia –y el cansancio– que suelen producir los finales cuando se acercan, la misma de generan los regresos, quizá porque ambos tienen que ver con las despedidas. Así pasa en los viajes: se parte con un entusiasmo que se refleja en la sonrisa y el regreso supone una melancolía que se trasparenta en la mirada. Pues bien, aquí va para usted otra recomendación indispensable: procure dejar en algún sitio a alguien que lo extrañe, que note como usted se ha llevado un pedazo de cielo. Verá como las ganas de devolverle cierta luz a cierto horizonte mitigarán el síndrome del malestar del regreso. Además, entenderá porqué en cierta medida la gracia de viajar está en volver: solo cuando se sabe que al regresar habrá que contar lo visto (y a quien), la belleza se contempla de mejor manera porque ojos se afilan, y también se agrandan.

VI. Granada entre toros y leones

Pensará usted que digo lo de toros para que repare en los que en las carreteras españolas se han salvado de las leyes de la publicidad (o los que hacen sonreír cuando aparecen en las señales de tránsito) y lo de leones para recordarle que visite el famoso patio de la Alhambra de Granada (si bien ahora ya no están en su sitio). Pues no, aunque tal vez también, pero se lo digo para que esté preparado si decide viajar con un Tauro muy Tauro y un Leo menos Leo, lo que le aseguro que puede tener bemoles muy interesantes y una simbiosis difícilmente superable si usted es Virgo muy Virgo. Por ejemplo, a un leo menos leo le puede dar por comprar una chilaba y usarla como pijama milagroso con poderes curativos para el dolor de espalda y a un tauro muy tauro puede atacarlo un ataque de melancolía repentina mientras observa una estela que en el cielo desierto pretende ser nube. Le advierto que ha de tener cuidado: estos signos son olvidadizos y, aunque alguna vez intenten dar la impresión de que lo tienen todo previsto, asegúrese usted (si es virgo muy virgo no hace falta ni que se lo diga) de llevar suficientes baterías para la cámara, no sea que en la mitad de la que competía por ser una de las nuevas 7 maravillas del mundo moderno, se queden sin poder hacer ni una solo foto a alguna de las 100 novias de Granada, al cielo perfecto que posa de cúpula, a una hiedra de otoño o a la talla de mármol que da la sensación de querer desprenderse. Dicho sea de paso que este lugar es tan hermoso que no se deja tomar fotografías, es decir, buenas fotografías. Porque así es la belleza: no quiere ser retratada (no posa, no se exhibe) para que los verdaderamente interesados en admirarla deban esforzarse para verla de cerca. Y una advertencia importantísima: si decide almorzar un sándwich de máquina antes de ir a los jardines del Generalife, tenga cuidado con uno de esos dispensadores que para vengarse de los turistas les roba las monedas hasta sacarlos de quicio (los turistas en manguala pueden ser verdaderamente peligrosos: hace poco leí de unos que hacían un motín en pleno río , en China, y vi esa tarde a unos cuantos frente a esa máquina tragamonedas agrupándose de cuatro en cuatro para darse patadas al aparato desde todos los ángulos).
Luego aquí es imposible no decirle otra obviedad: mire el Albayzín desde la Alhambra, pero hágalo también al contrario, no se conforme con una sola de las dos perspectivas, y procure hacer las dos cosas en distintos momentos del día, preferiblemente lo primero antes de la puesta del sol y lo segundo cuando termine la noche desde San Nicolás. Si puede (aunque para esto sí necesariamente debe estar acompañado de un Tauro muy Tauro y un Leo menos Leo) procure rematar el paseo (o el viaje, si usted es virgo muy virgo) brindando con el sabor dulzón de un Pedro Jiménez y de un tokay húngaro por esos cuatro días no habrán sido inferiores a su expectativa y que seguro no eran pocas ( eso si es que ha seguido paso a paso estas indicaciones).
Ya solo le restará pronunciar un te quiero para sus amigos: ocho letras que resumen una bitácora con palabras de sobra y que expresan mejor las gracias por lo que desde el principio ya intuía usted como inolvidable.
Chin chin chin (suenan las copas). Los quiero. Muchas gracias...

5 COMENTARIOS:

El Diablo dijo...

¡Vaya! Yo con una sola forma de esas me conformaría.

Un saludo.

JGR dijo...

Diablo, gracias por seguir antento a las entradas, a pesar de estas semanas de silencio continuado.
Un saludo especial desde Madrid.

Manolo dijo...

chin, chin, chin, gracias por contarlo tan lindo, y por disfrutarlo tan intensamente. Algún español cuando lo lea pensará que para terminar de conocer y disfrutar la comida española te falta un paseo por el norte, eso si, con una tauro muy tauro y un leo menos leo.

Doctor dijo...

Interesante recorrido... :)

Saludos
Doctor, Crítico de Blogs

Humberto Acciarressi dijo...

Querida Juliana: a pesar de la falta de tiempo (que me impide concretar un comentario más largo) no dejo de pasar, leer y disfrutar de tus bitácoras viajeras. Y de tanto en tanto, hacer un recorrido al pasado de tu blog. Te mando un beso y sabé que, aunque sea fantasmalmente (ya que los comentarios son una especie de materialización del lector) siempre estoy por aquí. Desde Buenos Aires, Humber.