miércoles, octubre 24

Sexta bitácora de Toledo sin nubes, con sombras

En Toledo no había nubes, no, ni siquiera una sola, aunque esta vez el cielo azul de Castilla no tenía aspecto de desierto sino más bien de piscina infinita de azulejos aguamarina y aguas alteradas por lo que parecían estelas de pequeños barcos de vapor invertidos.

Era el primer sábado de frío otoñal y, aunque ya me habían advertido que el clima cambiaría de golpe, no alcancé a intuir qué tanto, como tampoco pude vislumbrar que los buenos vientos de finales de octubre junto a un solitario álamo castellano conseguirían entreabrir de nuevo mi expectativa, aunque no por completo.

Sobra decir que el recorrido fue maratónico, como han sido hasta hoy mis viajes relámpago de fin de semana, comenzando éste por la Iglesia de Santo Tomé, donde reposa el gran lienzo del Greco que recrea El entierro del Conde de Orgaz, pasando por las centenarias sinagogas del Tránsito y Santa María la Blanca, el museo sefardí, el Vitorio Macho y terminando en el Claustro de San Juan de los Reyes (que tiene extraordinarios naranjos en su interior) y la fachada de la ultrafamosa Catedral gótica de la ciudad (en la que una novia con velo de 2 metros se casaba con un joven militar toledano).

Hasta ahí la postal, lo típico, lo imprescindible. Pero mientras tanto, conforme avanzaba el recorrido, montones de turistas infestaban las calles como un intento de hacerlas intransitables e invadían los monumentos en la que parecía una multiplicación de gentes digna de un relato bíblico. Y conforme aumentaban los turistas, también se acrecentaba el peso de las sombras. Ahora que miro de nuevo las fotografías (tres de ellas del reflejo de siluetas en las paredes), me doy cuenta de que Toledo es una ciudad en que la ausencia de nubes le impide a edificios, a vivos y a muertos, la posibilidad de esconderse de la luz que recuerda -y promete- tiempos felices, creando a sus pies un halo de nostalgia.

De Toledo, guardaré para siempre cuatro momentos en el cajón de mis recuerdos, junto a todo lo que no es posible volver a vivir:
* Un bocadillo maravilloso en el mejor restaurante posible de toda la ciudad: la banca en un pequeño parque toledano cuya baranda se asoma a la ladera del río Tajo y en la que dátiles impertinentes pretenden competir con la belleza de los cigarrales;
* Los aires tranquilos de un pequeño cementerio sefardí en el que la luz de la mañana se abría paso entre los árboles para iluminar las tumbas, las hiedras y un delicado geranio (nunca pensé que podría sentirme tan cómoda en un cementerio);
* La sorpresa de la vista panorámica de un Toledo mítico e imperial –tal como el que pintara El Greco, incluidos los tonos naranjas y rosas, además de las sombras, y
* El café de 7 euros entre monjas y mazapanes en el que intenté explicarme, una vez más, que mi corazón es un candado cuya llave no es otra que la voluntad de compartir mi soledad y la capacidad de interpetar con lucidez mis silencios de esfinge.

Así, disfruté de Toledo tanto la estancia como el regreso por una autovía en cuyos ocres se reflejaba el resplandor de la ciudad y en la que un silencio aumentaba la impaciencia de un baño tibio al final de la noche. Al llegar, comprendí, una vez más, que conforme pasa el viaje, la vida, el tiempo, lo que me queda de esta búsqueda trepidante de la felicidad es el aprendizaje de las pequeñas derrotas y las pequeñas victorias, el cúmulo de las plenitudes vividas y la certeza de saber que, en adelante, seguiré curándome de la juventud, ese defecto del que decía Oscar Wilde que solo se corrige con el tiempo.

1 COMENTARIOS:

Mauricio dijo...

Tus palabras parecen ser punzadas con intentos suicidas hacia tu propia alma. El defecto de la juventud está siendo idóneamente masacrado; cada una de tus frases, con sutiles tropos e incisos, lo están demostrando.

Mis respetos hacia ti Juli...