miércoles, octubre 10

Quinta bitácora en tercera persona, con viento


Era esa una mañana radiante. El sol brillaba con fuerza y la energía la invadía de golpe ante la expectativa. El aire transparente del primer sábado de octubre y el cielo azul desierto se imponían para recordarle que había nacido para los tiempos felices.

Sabía apenas cuál era el destino, lo que no sospechaba aún era que sería ese un fin de semana de esos que obligan a no pensar en plazos ni en despedidas y en los que se da por sentado que volver no es un supuesto sino más bien un compromiso.

Partiendo de la glorieta de Cuatro Caminos –para entonces amable– el viaje hacia la Sierra de Guadarrama al noreste de Madrid comenzaba a las 11:30 de la mañana del 6. Partía con el viento (porque una cosa es el aire, otra el viento) que contemplaba su pelo con la sutileza de una caricia y le enseñaba que son álamos los árboles espigados que brillan con el sol por sus hojas de plata.

Lo primero fue un desayuno muy dulce (no sabía todavía que del día siguiente hubiese sido mejor salir huyendo) y se sorprendió al pasar la prueba de un café mañanero que por primera vez en muchos meses no acompañaba con un cigarrillo (De eso han pasado 6 días y ahora toma menos café para no extrañar el vicio).

Luego vino la ruta, atravesada por un Calatrava y aturdida por una cruz insolente. Quiso saber de qué se trataba y fue hasta ella. El viento iba a su lado. El Valle de los Caídos le recordó su sensibilidad ante las cúpulas que pretenden acercar el cielo y su desasosiego ante el triunfo del horror y de la muerte que posan de humildes pero se regocijan de forma escalofriante en la contundencia de los espacios. De allí no olvidará el significado de los cipreses que le contó el viento y el bosque espeso que rebosaba el paisaje, su color y sus semillas.

El Escorial fue un puerto de paso y allí comprendió que la importancia del paisaje no está en la vista sino en el escenario. También pudo comprobar la facilidad con la que el viento puede cambiar de aires al ver como la calidez de la mañana de pronto parecía traer la tormenta. Sin embargo, la impaciencia de las ráfagas de fuego que el viento iba trayendo para acariciarla terminó por espantar la tempestad, dando paso a una de esas noches diáfanas, impetuosas y placenteras, típicas del final de un verano.

Ávila está precedida por una montaña de espigas de oro y molinos gigantes al alcance de la mano. Una vez más el viento quiso detenerse para enseñárselo, pero no pudo. Lo que si consiguió, sin pretenderlo, fue que las campañas de la tierra de Santa Teresa doblaran sin cesar por un lapso de 15 minutos como dándole a ella, y a él, viento, la bienvenida.

No podrá nunca recordarlo todo, pero quedan en su memoria la muralla testigo de 900 años y, en su vida, de esa noche en concreto, una princesa búlgara perdida en ese místico paraje castellano, el olor a té verde y la banca medio escondida camino a la calle San Roque, en la que se detuvo cuando el viento intentó contarle al oído que el amor viene siempre por oleadas.

Se encargó también el viento de no dejarla dormir; se metió entre su piel hasta hacerla estremecer e incluso causarle innumerables sacudidas. Sentía demasiado calor, eso sí que lo recuerda, y para bien o para mal, los altos grados de temperatura continuaban en la mañana del domingo, a pesar de que las nubes ya comenzaban a cargarse, a imponerse.

Y si del sábado recuerda bancas y murallas, del domingo no olvidará a Susana que con cuatro años, vestida de rosado y sin una mueca en la sonrisa, no alcanzaba a creer que sus dientes de leche alguna vez se caerían ni que un ratón pudiera por ello traerle algún regalo. De ella, sin embargo, lo que más cautivaba era su mirada, la de la inocencia que revela el mundo sin saberlo. Como el artista, que tiene la razón sin sospecharlo, cosa que también le contó el viento.

El viaje terminó con un paseo amurallado, la visita a un par de catedrales y la contemplación de varios paisajes de naturalezas muertas decoradas con manchas de verdes grisáceos entre verde-azules fríos, urracas por pares sobre una grua que cortaba el horizonte y nidos gigantes de cigüeña en las veletas.

No está muy claro qué fue lo que descubrió el viento al hacerle compañía, pero se sabe que, aunque se olvidó de averiguar si por la Sierra podía practicarse parapente o ala delta, consiguió descubrir que allí se podía volar, dónde y cómo. Y entre muchos otros descubrimientos, lo que sí queda claro es que ella alcanzó a comprender por qué es que hasta hoy se ha enamorado tanto de Madrid: por ser una ciudad a la que no le duele volver y en la que cada segundo renace, si quiere, para recomenzar.

2 COMENTARIOS:

matilde lina dijo...

por primera vez te leo en tercera persona y me has encantado, juliana vista por juliana. si no te conociera tanto sabría que la historia que se esconde debajo es casi tan encantadora como ésta. besos niña.

El Cruz dijo...

Como bien haces referencia Juliana, en torno al Valle de los Caídos, una cruz rasga el paísaje con incertidumbre, irrumpe en la serenidad de la naturaleza para dejar un mensaje. Siempre ha sido anhelo de los hombres alcanzar el cielo. Ilusos. Apuesto por cada lágrima que ha sido derramada por el pueblo al ver tan ilustre y deshonroso monumento. Allí murió una parte esclavizada. No sólo se conformaron con usurpar campos, propiedades, familias, huérfanos, la historia, la memoria, sino que además dejaron para siempre su huella como brecha herida entre Avantos y Guadarrama.
Si ella es la cruz, hoy soy el cruz, por todas aquellas personas que esperaron con los brazos perpendiculares al suelo el momento de recibir justicia con un fusil.