Cuarta bitácora de viajera con ojos cansados
I
Esta vez resolví viajar en tren para cambiar de panorama, decisión que luego descubrí equivocada. El paisaje de la vía hacia el norte de España que hace apenas una semana había logrado conmoverme, me sorprendió la pasada tarde de sábado con un llano infinito de pastos secos y verdes
A la altura de San Rafael, poco antes de llegar a la ciudad, los rayos del sol ganaron su pequeña partida e iluminaron la tarde con esa luz oblicua que vuelve más cálidos los verdes y acaricia la mirada.
A Segovia había ido con el pretexto del Hay Festival, pero una charla y media me bastaron para saber que allí faltaba el sabor del Caribe. Busqué una pensión en la Plaza Mayor para dormir y por
Con la energía reparada por el descanso, comencé la compulsiva ruta del domingo en la mañana, de punta a punta de la Calle Real y por entre sus calles estrechas: El Alcázar, La Catedral, La Plaza Juan Bravo, La Iglesia de San Martín, La Casa de los picos y El Museo de Arte Contemporáneo Esteban Vicente (que merecería
Solo me permití una pequeña pausa en la jornada contrarreloj para comer el tan afamado Cochinillo segoviano, para luego continuar la carrera en un autobus que me llevó a 12 kilómetros
Tan cansados tenía los ojos que ni pagué el recorrido guiado. Compré una visita libre para ver el palacio a toda velocidad (me maravillé con un par de tapices, un cuadro de perros de cacería en la segunda planta y los frescos de los techos) para luego dedicarme a contemplar un rato largo los jardines, que me recordaron al Monserrate de mi abuela y también que el roble es mi árbol favorito porque en su imagen se
inspira el árbol de la Navidad.
En conclusión, fue un maratónico paseo al que le faltó una compañía que me ayudara a caminar más despacio. Aunque pensándolo bien no podría decir que no fue así: acompañada por un libro y una voz, me detuve un par de veces en Segovia para suspirar…
II
En conclusión, fue un maratónico paseo al que le faltó una compañía que me ayudara a caminar más despacio. Aunque pensándolo bien no podría decir que no fue así: acompañada por un libro y una voz, me detuve un par de veces en Segovia para suspirar…
II
Eran hoy las 5:00 de la tarde y sentía cómo mis ojos seguían cansados. Sin embargo, me había prometido una primera cita con El Prado para el primer martes de octubre y, mientras cruzaba la esquina de la Plaza Neptuno en la que se ubica el hotel Ritz de Madrid, decidí que no debía postergarla.Subí las escaleras del Museo con la certeza de estarlo haciendo en el día equivocado (el cansancio, la tarde espesa, el poco tiempo para el recorrido, la saturación de la mirada) pero aún así subí hacia la entrada del Edificio Villanueva con voluntad inquebrantable. Pagué el boleto, alquilé la audioguía y abrí el primer plano, para luego cerrarlo casi de inmediato con la sensación de no necesitarlo. Sabía que tenía pocas horas y siempre he pensado que en estas cosas del arte es mejor no perder el tiempo con guías porque al final es la intuición la que mejor orienta.
Así que avancé por el corredor principal sin mirar siquiera los cuadros que colgaban a lado y lado del pasillo para luego decidirme, sin ninguna razón en concreto, por la sala 12 de la primera planta. Fue allí donde corroboré lo del instinto. Dedicada en su totalidad al pintor Velázquez, la sala estaba presidida por Las meninas, un cuadro que, conocimientos y referentes de la historia del arte aparte, es sencillamente alucinante.Pero no voy aquí a describir mi recorrido. Solo diré que en el poco tiempo que tuve (3 horas no alcanzan para ver en detalle ni una de las 9 colecciones) bastó para que se me erizara la piel en cuatro ocasiones, incluidas Las meninas: El coloso de Goya, el David
vencedor de Goliat de Caravaggio y el Cristo crucificado de Velázquez me parecieron tan inquietantes como extraordinarios. Cada uno me obligó a permanecer enfrente más de un par de minutos, a ir y volver, poniéndome a andar la cabeza durante el resto de la tarde.Del recorrido de hoy me quedan otras obras que, aunque no alcanzaron a estremecerme, consiguieron ubicarse en mi cabeza sobre las demás: de Velázquez, Las hilanderas, y del período negro de Goya, Las Parcas, Dos viejos comiendo y Saturno devorando a su hijo; de su primera época, los retratos de La familia de Carlos IV y del Duque de Osuna.
A muchos quizá les parezcan estas pinturas una obviedad, pero creo que si así fuera merecería
disculpas por ser mi primera vez en el Prado. Además quiero proponer aquí una sincera reflexión: ¿De qué se trata acaso el arte si no es de inquietar y conmover? Es esto lo que me sucedió con estas obras: con mis precarios conocimientos en historia de la pintura, cada uno de estos cuadros retumbó en mi cabeza como un tambor de hojalata. En algunos la intensidad de luz, en otros la sombra, o, como en varios del primer período de Goya, el retrato psicológico de los personajes.Pero bueno, tal vez me equivoco. No olviden que comencé esta bitácora diciendo que tenía los ojos cansados. Por eso, a partir de hoy, me daré un par de semanas para reposar.












2 COMENTARIOS:
¡Vaya...! Como quisiera que mis ojos (y mi lente) estuvieran igual de cansados que los tuyos de ver tanta España... Excelente crónica.
Un saludo desde la vieja Nueva España del otro lado de la Marocéano.
Me alegro de que te gustase Segovia.
Lo dice una segoviana amante de García Márquez!
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