Segunda bitácora de paseos solitarios
El cielo de Madrid ha comenzado a cambiar de color. El “desierto azul” del que hablaba hace una semana ha sido remplazado por uno grisáceo, cenizo, que ha traído la lluvia un par de noches y al que es mejor no mirar demasiado en las tardes para así no llorar como las nubes cuando extrañan el sol.
Aun así, sigo enamorada de los colores esta ciudad. Como la intensidad de la luz ha venido cambiado, las sombras del final de los días parecen cada vez más intensas y el atardecer que coloreaba el cielo de un naranja difuso que se tornaba en violeta al caer el sol, ha sido sustituido por uno de tonos más grises pero igualmente hermosos por su sutileza. Y el verde, ese que me maravilló al aterrizar, sigue en su sito, intacto.
Por otro lado, con el paso de los días –ya 17, para ser más precisa– el metro ha dejado de parecerme tan rápido como al principio. Los 45 minutos que me tomaba ir de la casa al trabajo son ahora casi 60, y este aumento es probable que se deba a que mi llegada coincidió con el fin del verano, la ciudad todavía estaba vacía, y ahora todos han regresado. También podría ser sólo una impresión, no lo sé, pero de lo que sí estoy segura es de que el aumento en el número de pasajeros ha incrementado la duración de los trayectos por el simple hecho de que, al haber más gente en el tramo de un pasillo o las escaleras, hacer un trasbordo entre una y otra línea cuesta ahora mucho más trabajo.
Pero como soy una optimista, de eso no me voy a quejar y he decidido ver la demora como una ventaja. Como en el Metro de Madrid gran parte de los pasajeros van leyendo, he decidido copiarme ese hábito. No el de la lectura, por obvias razones, sino el de hacerlo en el transporte público (en Bogotá es bastante inusual ver a alguien leyendo en un bus o en Transmilenio). Así, la demora equivale simplemente a más tiempo para leer y eso no me disgusta en absoluto. Ya he podido calcular que en un día normal de trabajo puedo adelantar casi 50 páginas en ediciones de tamaño regular durante los trayectos de ida y regreso a casa. Esto ha significado que La noche del Oráculo, de Paul Auster, fuera devorara en apenas cuatro días y que de Algo tan parecido al amor, de Carmen Amoraga, haya consumido alrededor de 60 páginas.
De la comida hablaré poco porque a ésta ya me referí ampliamente en varios párrafos de la bitácora anterior. Sólo voy a decir que me gusta esa costumbre de los españoles de comprar el pan todos los días y que prefiero la tortilla de mi mamá a las tantas que he probado las últimas semanas. En este punto no quisiera dar mayores explicaciones. El gazpacho andaluz se me ha convertido en una adicción, he probado un yogurt de limón estupendo y tengo en la lista de pendientes las patatas bravas y los callos a la madrileña, entre otros tantos placeres de la gastronomía española.
Y ahora viene la soledad. Sí, la soledad. Caminar por la ciudad sin compañía, sentarme a leer en un parque, recorrer sola un museo y los sitios turísticos o monumentales. Por un lado están los paseos, que me han parecido maravillosos sin acompañante. Camino con la prisa que yo misma me impongo, me detengo a mirar lo que tal vez solo a mi me apetecería (las columnas del Congreso de los diputados o algún detalle de las pinturas de Caravaggio que me enseñaron alguna vez en clase de Historia del arte, por ejemplo) y regreso a casa a la hora quiero. No digo con esto que pasear solo sea siempre lo ideal – mirar una puesta de sol desde el Puente de Segovia es algo que seguro se disfruta mejor en buena compañía – pero he de confesar que en estos días la soledad no me ha incomodado. He leído más, he pensado más, he escrito más. Así que estar sola me ha gustado por estos beneficios.
Finalmente está el tema de las fotografías. Lo primero que pensé es que no tenía quién me tomara una foto en la entrada del Prado, frente a la Plaza Mayor o junto a la Puerta del Sol. Y lo que es peor, no salgo en la foto a la entrada del museo más importante de Europa ni en ninguna de las imponente puertas de esta ciudad porque soy yo misma quien la tuvo que tomar. Es en esos momentos en los que me he preguntado cuál es el sentido de las fotos de viaje.
¿Se trata de que las vean tus amigos y así demostrarles a todos que estuviste en Europa? ¿No será que los recuerdos quedan más bien en el alma y no en las fotografías? ¿Para quién son realmente esas fotos? La conclusión a la que he llegado es que no son para nadie, más que para mí, y que no necesito posar frente al Edificio del correo en Cibeles para acordarme siempre que esa esquina me parece maravillosa. Entonces, y aunque seguro me tomaré alguna foto posando frente al Palacio Real, aunque me autorretrate otro par de veces en Madrid durante alguno de mis paseos sin compañía, dejaré de pensar en mi soledad y la de las fotografías. Quiero recordar de esta ciudad sólo lo que pueda llevarme grabado en mi memoria y así, cuando muchos vean mis fotos de cualquier lugar maravilloso en el que no esté estampada mi presencia, serán solo unos pocos los que intuyan que del otro lado estaba yo, sí, caminando en silencio por Madrid, en soledad.
Aun así, sigo enamorada de los colores esta ciudad. Como la intensidad de la luz ha venido cambiado, las sombras del final de los días parecen cada vez más intensas y el atardecer que coloreaba el cielo de un naranja difuso que se tornaba en violeta al caer el sol, ha sido sustituido por uno de tonos más grises pero igualmente hermosos por su sutileza. Y el verde, ese que me maravilló al aterrizar, sigue en su sito, intacto.
Por otro lado, con el paso de los días –ya 17, para ser más precisa– el metro ha dejado de parecerme tan rápido como al principio. Los 45 minutos que me tomaba ir de la casa al trabajo son ahora casi 60, y este aumento es probable que se deba a que mi llegada coincidió con el fin del verano, la ciudad todavía estaba vacía, y ahora todos han regresado. También podría ser sólo una impresión, no lo sé, pero de lo que sí estoy segura es de que el aumento en el número de pasajeros ha incrementado la duración de los trayectos por el simple hecho de que, al haber más gente en el tramo de un pasillo o las escaleras, hacer un trasbordo entre una y otra línea cuesta ahora mucho más trabajo.
Pero como soy una optimista, de eso no me voy a quejar y he decidido ver la demora como una ventaja. Como en el Metro de Madrid gran parte de los pasajeros van leyendo, he decidido copiarme ese hábito. No el de la lectura, por obvias razones, sino el de hacerlo en el transporte público (en Bogotá es bastante inusual ver a alguien leyendo en un bus o en Transmilenio). Así, la demora equivale simplemente a más tiempo para leer y eso no me disgusta en absoluto. Ya he podido calcular que en un día normal de trabajo puedo adelantar casi 50 páginas en ediciones de tamaño regular durante los trayectos de ida y regreso a casa. Esto ha significado que La noche del Oráculo, de Paul Auster, fuera devorara en apenas cuatro días y que de Algo tan parecido al amor, de Carmen Amoraga, haya consumido alrededor de 60 páginas.
De la comida hablaré poco porque a ésta ya me referí ampliamente en varios párrafos de la bitácora anterior. Sólo voy a decir que me gusta esa costumbre de los españoles de comprar el pan todos los días y que prefiero la tortilla de mi mamá a las tantas que he probado las últimas semanas. En este punto no quisiera dar mayores explicaciones. El gazpacho andaluz se me ha convertido en una adicción, he probado un yogurt de limón estupendo y tengo en la lista de pendientes las patatas bravas y los callos a la madrileña, entre otros tantos placeres de la gastronomía española.
Y ahora viene la soledad. Sí, la soledad. Caminar por la ciudad sin compañía, sentarme a leer en un parque, recorrer sola un museo y los sitios turísticos o monumentales. Por un lado están los paseos, que me han parecido maravillosos sin acompañante. Camino con la prisa que yo misma me impongo, me detengo a mirar lo que tal vez solo a mi me apetecería (las columnas del Congreso de los diputados o algún detalle de las pinturas de Caravaggio que me enseñaron alguna vez en clase de Historia del arte, por ejemplo) y regreso a casa a la hora quiero. No digo con esto que pasear solo sea siempre lo ideal – mirar una puesta de sol desde el Puente de Segovia es algo que seguro se disfruta mejor en buena compañía – pero he de confesar que en estos días la soledad no me ha incomodado. He leído más, he pensado más, he escrito más. Así que estar sola me ha gustado por estos beneficios.
Finalmente está el tema de las fotografías. Lo primero que pensé es que no tenía quién me tomara una foto en la entrada del Prado, frente a la Plaza Mayor o junto a la Puerta del Sol. Y lo que es peor, no salgo en la foto a la entrada del museo más importante de Europa ni en ninguna de las imponente puertas de esta ciudad porque soy yo misma quien la tuvo que tomar. Es en esos momentos en los que me he preguntado cuál es el sentido de las fotos de viaje.
¿Se trata de que las vean tus amigos y así demostrarles a todos que estuviste en Europa? ¿No será que los recuerdos quedan más bien en el alma y no en las fotografías? ¿Para quién son realmente esas fotos? La conclusión a la que he llegado es que no son para nadie, más que para mí, y que no necesito posar frente al Edificio del correo en Cibeles para acordarme siempre que esa esquina me parece maravillosa. Entonces, y aunque seguro me tomaré alguna foto posando frente al Palacio Real, aunque me autorretrate otro par de veces en Madrid durante alguno de mis paseos sin compañía, dejaré de pensar en mi soledad y la de las fotografías. Quiero recordar de esta ciudad sólo lo que pueda llevarme grabado en mi memoria y así, cuando muchos vean mis fotos de cualquier lugar maravilloso en el que no esté estampada mi presencia, serán solo unos pocos los que intuyan que del otro lado estaba yo, sí, caminando en silencio por Madrid, en soledad.













7 COMENTARIOS:
Bonito mensaje pero estás en Madrid, disfrutalo. Cierto que en pareja sería el cielo, pero patear algunas hojitas caídas del árbol en medio de una bella ciudad es algo parecido al paraíso.
Saludos.
MARIO
Realmente da gusto leerte. Da mucho para hablar o escribir esa situación/sensación, que nos parece a veces tan terrible, que se llama soledad. A veces amiga y a veces la más cruel enemiga. En todo caso me agrada saber que estás bien acá, también cuando estás sola.
se había quejado usted de mi silencio en este blog. bien sabe que tengo problemas con lo público y lo privado y es en esos momentos cuando matilde lina habla por mí. o la pantera mambo. o fidelina... en fin, sabe que me encanta leerla y que es un gozo para mí cuando a veces siento que sus letras fueran escritas por mi mano derecha. mi comentario para usted es que disfrute de esa soledad que a veces es un privilegio. disfrute del silencio que le otorga, de la tranquilidad para darse una excursión por sus adentros, ya que a veces olvidamos el camino por tanto ruido y tanta gente.
y espero haber captado la escencia de su segunda bitácora: su soledad no es una soledad triste, lo cual para mí es una alegría.
Paso a saludarte y, con permiso, a llevarme tu post para leerlo más tarde (las obligaciones y las prisas me hacen posponer los buenos momentos)
Saludos
Me alegra mucho leer los comentarios que tienes en torno a mi ciudad. Una ciudad por otro lado fría, rígida pero que sólo a los/as valientes que se atreven a arañarla (y creo que tu eres una de ellas) consiguen descifrarla completamente y disfrutar de ella.
Te mando un saludo desde esta ciudad-enigma que todos queremos algún día abandonar para poder echarla de menos.
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