Tercera bitácora de un viaje con buena estrella
La autovía del Norte o A1 es una de las seis vías radiales de España y parte desde Madrid para atravesar buena parte del País Vasco y terminar en Irún, una ciudad de 66 mil habitantes en la frontera española con Francia. Sin embargo, mi destino final no estaba en ese límite septentrional sino en el mar cantábrico. La ciudad vasca de San Sebastián, también llamada Donosti en lengua Euskera, era mi puerto de llegada esa tarde de septiembre, en la que tenía lugar el 55 Festival Internacional de cine Zinemaldia.
Salí del Intercambiador de buses de la Estación de la Avenida de América a la 1:00 de la tarde del domingo 23, con el preámbulo de una noche en blanco y una tarde inquietante, por decir lo menos. El sol se mostraba renuente, como casi siempre los domingos, y el viento soplaba fuerte, muy fuerte, como queriendo espantar la alegría. Sin embargo, era para mí una mañana especialmente radiante y daba yo saltitos de felicidad, de esos que solo unos pocos han visto de cerca.Para completar la dicha, recorridos los primeros kilómetros de autopista, el cielo azul apareció de vuelta en el paisaje, ahora con pinceladas de múltiples verdes intensos, además de tozos de montaña caliza, molinos de viento y una nube en forma de elefante sobre la que alguien escribió un poema que no era para mí. Incluso, los campos a la orilla de la carretera en la comunidad de Castilla y León ponían como obsequio al horizonte inmensos cultivos de girasoles –de esos que recuerdan los días felices–, todos en fila y mirando en la misma dirección como si se hubieran puesto de acuerdo.
Miraba yo también, para ese momento, en una dirección en concreto, como las flores. Y cómo cuando el destino es el mar, la ruta siempre es placentera, no me turbaban ni las siete horas y media de trayecto, ni el mal olor de algunos pasajeros, tampoco el sueño por la noche en vela o la mujer que iba sentada a mi lado y que no paró de llenar crucigramas como si de ello dependiera su vida.
Burgos fue la primera parada, la que duró alrededor de 20 minutos. Me tomé como turista una foto en la imponente Catedral y no puedo decir mucho más porque creo que de las ciudades sólo debes hablar cuando las has vivido. La ruta de la autovía pasó por Vitoria, Tolosa y otro par de pueblos de los que olvidé anotar su nombre. Pero tampoco hace falta. Se veía tan poco movimiento (muchos incluso parecían vacíos) que no sé si merece la pena recordarlos. Como ya decía que de las ciudades solo debería uno hablar cuando las vives, aplica también para los pueblos, a los que es preferible referirse solo cuando no parecen fantasmas.
Al entrar al País Vasco ya no hubo más girasoles. Conforme y nos acercábamos a la costa cantábrica, el panorama cambió de color: uno de verdes más oscuros y sombríos, acompañado de techumbres color marrón y destellos de luz entre ocre y naranja. Con el cambio, me sorprendieron tantas montañas estando el mar ya tan cerca, y recuerdo haber pensado en ese momento cómo cada tramo de la carretera traía a mi memoria viejos paisajes colombianos que tantas veces pasaron desapercibidos: un trozo de Burgos que recuerda Barranquilla, varios tramos de la A1 me devolvieron a la vía entre Bogotá y la Sabana y los múltiples molinos de viento invocaron la Guajira colombiana.
Aterricé en San Sebastián a las 19:30, extrañada por el frío susurro del viento que acompañaba mis primeros pasos (no hay que olvidar que mi referente es el Caribe), tal vez queriendo anunciarme la suerte, esa buena estrella que no me abandonó ni un segundo de los 4 días de viaje. Y como sé que para saber entender un soplo de brisa es preciso que el corazón esté preparado, mi estancia frente a la Bahía de la Concha me permitió comprobar que el mío se ha venido entrenando. La suerte se manifestó enseguida y entré en escena como pez en el agua, para no darle a entender, a la estrella, que acaso me intimidaba y se fuera espantada por ello.
Llovía, y el viento me trajo con fuerza el olor de un mar helado, salobre; el aliento de ese que aún en calma no puede ocultar ni una pizca de su brío, quedando al descubierto cuando sus olas chocaban contra Urgull e Igueldo, los montes que dividen de forma soberbia, no así impertinente, las Bahías de Donosti.Podría aquí comenzar a hablar de Mr. Auster, de las otras personalidades del mundo cinematográfico que caminaban cerca de mí por el Paseo del árbol de Guernica, de las películas vistas –al fin y al cabo se trataba del Festival que entrega la codiciada Concha de Oro–, pero no lo haré. Si para algo me ha servido este viaje es para entender que no se trata de gentes, ni de lugares, sino de impresiones que se quedan para siempre en la memoria. Y San Sebastián, aunque me regaló la dicha de un par de nuevos amigos, me reconfortó con la certeza de sentirme viva, con todo y lo que eso significa, incluido el estómago revuelto de mera ilusión.
Y al fondo, como testigo perenne, el monte Igueldo. ¿Conoces algo más parecido al paraíso? Pregunté. “Sí, pero no te lo puedo contar”, me dijo. Mmmm, ¿Nunca? Indagué de vuelta. “No depende de mí. No controlo la historia”, puntualizó. Yo tampoco, seguro, por lo menos no ésta. Europa seguirá sorprendiéndome, de eso no me cabe duda.












5 COMENTARIOS:
Querida Juliana: Hermosa bitácora de viaje que me hizo sentir, junto a vos, los colores y los olores de la carretera. Y aún más, esa nostalgia por tu tierra colombiana. Para concluir,y sobre todo, muy interesantes tus reflexiones sobre los lugares y las gentes. Te mando un beso desde Buenos Aires.
Hola:
Has visto la película "Qué tan lejos"? Te gustará. Un saludo.
Súper haber compartido este viaje contigo, una nueva amiga encontré. Tus palabras son mágicas haz adquirido un nuevo Fan, agringado, pero fan.
Por ahora me dedicaré a componer un reguetón del viaje.
Besos.
La verdad es que al leer tu bitácora, bien puede parecer que eres una estudiosa de la tierra española, haces sentir el olor de sus caminos, la esencia de sus lugares y el cambio de unas tierras a otras a través de los girasoles. España es muy heterogénea y tu estás sabiendo disfrutar de cada uno de los elementos que la conforman. Un placer pasearme por aquí y sobre todo: un placer la lectura de esas letras colombianas.
Un beso.
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