Duro de matar 4.0
Yo es que no lo entiendo. Sinceramente no lo entiendo. Como es posible que existan ya cuatro versiones de esta barbaridad. Es que no me lo puedo creer, como tampoco puedo concebir que un bodrio de este calibre pueda recaudar 33 millones de dólares en el primer fin de semana de taquilla con no sé cuantos miles y miles de espectadores que han ido voluntariamente –léase bien, por su propia iniciativa – a sentarse durante poco más de hora y media a ver como Bruce Willis se escapa de cuanta explosión y balacera atraviesa a su paso.
Entonces, se preguntarán algunos que hacía yo en el cine soportando al viejo y calvo John McClanne –Así se llama el viejo policía que interpreta Willis en la película, para los que no lo sepan – en lugar de estar paseando por el viejo Madrid en una tarde como esta. Pues fácil: soy de la teoría de que hay que huirle, de cualquier manera posible, a los domingos de nubes grises que inducen a la soledad y sé, por experiencia, que uno de los mejores antídotos es una sala oscura, de sillas en fila frente a una pantalla, preferiblemente en buena compañía. Así que hoy decidí aceptar la invitación a “La Jungla 4.0”, como llaman en castellano a "Die Hard", sobre todos mis prejuicios y prioridades de extranjera en la capital de España, solo para refugiarme de este primer cielo encapotado de otoño que quería recordarme a toda costa lo lejos que estaba de casa.
Pero basta de explicaciones y voy directo al bodrio, porque esta cinta no puede catalogarse de otra manera: un agente oficial del Departamento de Seguridad de los Estados Unidos, ofendido tras ser ignorado por el Gobierno cuando pretendió demostrar la vulnerabilidad de los sistemas computarizados del país, se convierte en pirata informático para crear un Caos Total y saquear todas las reservas de dinero norteamericanas. Y digo Caos Total, con mayúsculas, porque en ello se centra la acción de la película: el Caos consiste en tres fases de paralización del país: primero, colapsar el transporte, segundo, el sistema financiero y, finalmente, desconectar los servicios públicos de todos los Estados. Esto, con el fin de tener el tiempo suficiente para descifrar el algoritmo que permite acceder al sistema que controla la totalidad del dinero americano.
Y no sigo porque se pone peor. Sí, peor, aunque no lo crea. Y aunque no debería uno dedicarle ni una sola línea a esta peliculilla que en lugar de poner a pensar al espectador (como debería hacerlo siempre el cine), lo pone a bostezar, intentaré humildemente hacer algunas reflexiones para quienes la vieron, la verán o los que, afortunadamente, se abstengan de verla.
Por un lado, no entiendo cuál es la fijación que tienen los norteamericanos con el día de su independencia. En todos los refritos de este tipo, los norteamericanos ubican la tragedia en su 4 de julio: ataques alienígenas, millones de tomas de rehenes por fotograma cuadrado, secuestros de aviones, asesinatos de presidentes, etcétera, etcétera, etcétera. Y esta película no es la excepción porque el ataque de ciberterrorismo se sitúa frente al capitolio precisamente un día de estos… Pero en fin, no hay tampoco que extenderse demasiado en este punto.
Y como veo que me estoy extendiendo ya también en este comentario sobre una película que no da para tanto, solo diré para finalizar que la pretende ser una crítica al sistema de seguridad norteamericano, se convierte en un mal chiste para los espectadores. Con bromas flojas y escenas tantas veces vistan en trillers de acción, que en nada diferencian a esta cinta de otras tantas de detectives heroicos que se llevan finalmente los aplausos, al final, uno sale del cine con la sensación de que esta película no solo ya la ha visto antes sino que la ha visto otro montón de veces.
Sólo dos apuntes adicionales que la película pudo haber explotado para no caer en el cliché del héroe de hierro cuyo talón de Aquiles son sus seres queridos y el típico final de telenovela rosa dónde los buenos siempre ganan la partida: un imbécil que termina por arruinar el plan perfecto (ya decía Caparrós en Valfierno que “Un plan perfecto puede depender, para llegar a concretarse, de un tarado”) y un par de frases que suelta Matt Farell –el imbécil – sobre cómo el sistema nos obliga a vivir con miedo…
Bueno, pero finalmente las dos horas de acción, escenas de escape inverosímiles y la buena compañía me sirvieron para evadir las nubes grises de un cielo que hoy, por primera vez, no quería más que recordarme lo nostálgicos que pueden ser los domingos…
Entonces, se preguntarán algunos que hacía yo en el cine soportando al viejo y calvo John McClanne –Así se llama el viejo policía que interpreta Willis en la película, para los que no lo sepan – en lugar de estar paseando por el viejo Madrid en una tarde como esta. Pues fácil: soy de la teoría de que hay que huirle, de cualquier manera posible, a los domingos de nubes grises que inducen a la soledad y sé, por experiencia, que uno de los mejores antídotos es una sala oscura, de sillas en fila frente a una pantalla, preferiblemente en buena compañía. Así que hoy decidí aceptar la invitación a “La Jungla 4.0”, como llaman en castellano a "Die Hard", sobre todos mis prejuicios y prioridades de extranjera en la capital de España, solo para refugiarme de este primer cielo encapotado de otoño que quería recordarme a toda costa lo lejos que estaba de casa.
Pero basta de explicaciones y voy directo al bodrio, porque esta cinta no puede catalogarse de otra manera: un agente oficial del Departamento de Seguridad de los Estados Unidos, ofendido tras ser ignorado por el Gobierno cuando pretendió demostrar la vulnerabilidad de los sistemas computarizados del país, se convierte en pirata informático para crear un Caos Total y saquear todas las reservas de dinero norteamericanas. Y digo Caos Total, con mayúsculas, porque en ello se centra la acción de la película: el Caos consiste en tres fases de paralización del país: primero, colapsar el transporte, segundo, el sistema financiero y, finalmente, desconectar los servicios públicos de todos los Estados. Esto, con el fin de tener el tiempo suficiente para descifrar el algoritmo que permite acceder al sistema que controla la totalidad del dinero americano.
Y no sigo porque se pone peor. Sí, peor, aunque no lo crea. Y aunque no debería uno dedicarle ni una sola línea a esta peliculilla que en lugar de poner a pensar al espectador (como debería hacerlo siempre el cine), lo pone a bostezar, intentaré humildemente hacer algunas reflexiones para quienes la vieron, la verán o los que, afortunadamente, se abstengan de verla.
Por un lado, no entiendo cuál es la fijación que tienen los norteamericanos con el día de su independencia. En todos los refritos de este tipo, los norteamericanos ubican la tragedia en su 4 de julio: ataques alienígenas, millones de tomas de rehenes por fotograma cuadrado, secuestros de aviones, asesinatos de presidentes, etcétera, etcétera, etcétera. Y esta película no es la excepción porque el ataque de ciberterrorismo se sitúa frente al capitolio precisamente un día de estos… Pero en fin, no hay tampoco que extenderse demasiado en este punto.
Y como veo que me estoy extendiendo ya también en este comentario sobre una película que no da para tanto, solo diré para finalizar que la pretende ser una crítica al sistema de seguridad norteamericano, se convierte en un mal chiste para los espectadores. Con bromas flojas y escenas tantas veces vistan en trillers de acción, que en nada diferencian a esta cinta de otras tantas de detectives heroicos que se llevan finalmente los aplausos, al final, uno sale del cine con la sensación de que esta película no solo ya la ha visto antes sino que la ha visto otro montón de veces.
Sólo dos apuntes adicionales que la película pudo haber explotado para no caer en el cliché del héroe de hierro cuyo talón de Aquiles son sus seres queridos y el típico final de telenovela rosa dónde los buenos siempre ganan la partida: un imbécil que termina por arruinar el plan perfecto (ya decía Caparrós en Valfierno que “Un plan perfecto puede depender, para llegar a concretarse, de un tarado”) y un par de frases que suelta Matt Farell –el imbécil – sobre cómo el sistema nos obliga a vivir con miedo…
Bueno, pero finalmente las dos horas de acción, escenas de escape inverosímiles y la buena compañía me sirvieron para evadir las nubes grises de un cielo que hoy, por primera vez, no quería más que recordarme lo nostálgicos que pueden ser los domingos…













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